El Periódico de Catalunya

Jueves 28 Mayo de 2020

On Barcelona

K-19. The Widowmaker

Imagen de K-19. The Widowmaker

ESTRENO: 24/05/2013

DIRECCIÓN: Kathryn Bigelow

REPARTO: Harrison Ford, Liam Neeson, Laia Marull, Peter Sarsgaard...

www.k19movie.com/


SINOPSIS:

Como respuesta a la reciente puesta en marcha del submarino estadounidense George Washington, la armada rusa prepara a marchas forzadas la botadura del K-19. Las dudas del capitán Mikhail Polenin (Liam Neeson) le relegan al puesto de Primer Oficial. Es sustituido por Alexei Vostrikov (Harrison Ford), un oficial con mano de hierro y menos escrúpulos para cumplir los plazos. En su viaje inagural el K-19 es probado al límite de sus posibilidades bajo el control asfixiante de Polenin. Con una tripulación agotada física y mentalmente, la nave recibe una última orden antes de volver a puerto: poner rumbo al oeste y patrullar cerca de la costa americana. Es entonces cuando una avería amenaza con detonar las cabezas nucleares y desatar la III Guerra Mundial. Siguiendo el modelo de la reciente Marea Roja, Kathryn Bigelow, especialista en el cine de acción, exprime la tensa relación entre ambos capitanes y sabe aprovechar el asfixiante ambiente del interior del submarino para su historia.


Crítica

por (El Periódico)

En junio de 1961 la guerra fría estaba ardiendo: sólo un año antes, el avión espía U2 de Francis Gary Powers había sido derribado sobre la URSS, y 16 meses después, la crisis de los misiles en Cuba llevó al mundo al borde del apocalipsis. En aquel contexto, un nuevo submarino nuclear soviético, el K-19, fue lanzado al mar con tecnología bélica revolucionaria. Era la réplica a la botadura, poco antes, del George Washington norteamericano, dotado de 16 cabezas nucleares Polaris.

Tras una exitosa prueba en el océano Ártico, estalló un desastre que pudo haber acabado en guerra mundial. A causa de una grieta en el reactor nuclear, 22 de los 139 tripulantes murieron contaminados. Estos acontecimientos fueron ocultados por la Unión Soviética al mundo durante tres décadas. La industria fílmica rusa sentirá que ésta era su historia, pero --como ya pasó en Senderos de gloria, de Kubrick, que mostraba las vergüenzas del ejército francés en la primera guerra mudial--, Hollywood se les ha adelantado.

Es difícil saber cuánto de verdad hay en K-19, cuyo guión, de Christopher Kyle, está, según rezan los créditos, "inspirado en hechos reales". De hecho, una de sus bases argumentales, el choque entre dos oficiales hasta el borde del motín, no sólo es típica del cine militar, sino que no ocurrió en realidad. Hacer cine de submarinos no es fácil, por la poca maniobra que permiten tanto los angostos decorados --todos los planos parecen iguales-- como por los lugares comunes del propio subgénero: las batallas tienen lugar en las pantallas de sónar, los torpedos disparados son frenados por la resistencia del agua, el equipo falla y los motines son constante amenaza, desesperados hombres de uniforme vociferan entre sí mientras indicadores y relojes se vuelven locos en primer plano. Pero Kathryn Bigelow, cineasta con buena mano para la acción pura y dura, ha sabido tomar un argumento del todo convencional y convertirlo en un drama tenso y veloz, que encadena electrizantes crisis, catástrofes mecánicas y egos en duelo.

PERSONALIDADES OPUESTAS Estamos en la URSS de Nikita Jruschov y a la armada soviética le urge bautizar el K-19. Su capitán, Mijail Polenin (Liam Neeson, sólido), no muestra el entusiasmo requerido, así que lo relegan a un mando segundón dentro de la nave. El nuevo capitán, Alexei Vostrikov (Harrison Ford, de nuevo solvente como duro hombre de acción) es un tirano despiadado. Según los chismes que circulan, logró su rango casándose con la hija de un miembro del politburo. Polenin, en cambio, es adorado por sus hombres. El navío, repite, es como una familia, y él es el padre, siempre protector y en ocasiones indulgente. Está dividido entre la sensación de ser el auténtico líder del K-19 y su inquebrantable lealtad al protocolo militar.

Como los mejores momentos entre Clark Gable y Burt Lancaster en Torpedo o entre Denzel Washington y Gene Hackman en Marea roja, se puede oír el sonido de cornamentas chocando cada vez que Neeson y Ford comparten una escena. El pulso entre Polenin y Vostrikov es excitante durante casi toda la película, hasta que se resuelve de un modo que satisface las reglas de la ficción cinematográfica, pero que viola la lógica de los personajes.

Vostrikov presiona a su tripulación, deficientemente preparada, con constantes ejercicios de supervivencia, sin preocuparse por su integridad o por los límites de su resistencia. El ambiente a bordo es horrible. Con todo, el conflicto más profundo, el que inspira a la directora en su hallazgo del terror y la malsana claustrofobia, sucede entre los hombres y el buque. Ellos creen que sobre el K-19 --conocido como The widowmaker (algo así como el fabricante de viudas) por la cantidad de hombres que murieron mientras era construido-- pesa una maldición: el día de la botadura, la botella de champán lanzada contra el casco de la nave no se rompió; el doctor de a bordo murió en un extraño accidente; el encargado del reactor, encontrado borracho en las dependencias del capitán, ha sido sustituido por el novato Vadim Ratchenko (Peter Sarsgaard) que, llegado el momento de mostrar lo que vale, se meará en los pantalones. Ya en alta mar, el submarino se revela como un organismo vivo, como un vástago de Stephen King, el terrorífico resultado de la mezcla letal entre vanagloria militar e incompetencia burocrática: carece de sistemas auxiliares, las instalaciones eléctricas y las cañerías no pasarían la revisión en cualquier edificio de Moscú, y los suministros médicos y de emergencia dan pena. Tras su triunfal prueba nuclear, el Kremlin envía al K-19 a patrullar la costa del noroeste norteamericano entre Washington y Nueva York. Es entonces cuando el sistema de refrigeración del reactor nuclear sufre un escape, que amenaza con hacer explotar el submarino y detonar las cabezas nucleares. Sería un suicida pistoletazo para la tercera guerra mundial.

El K-19 podría emerger para que la tripulación escapara en botes salvavidas, pero para Vostrikov la idea de que los EEUU capturen la nueva tecnología soviética es impensable. Así, las opciones se reducen a dos: reparar el reactor o sumergir el submarino hacia su destrucción. Los hombres se enfrentan a la muerte, por contaminación radiactiva, por explosión o por ahogamiento. El filme recrea con acierto el sentido de paranoia de la época, cómo a los soldados se les pedía que dieran sus vidas antes que revelar secretos al enemigo --mejor tener una muerte noble por amor a la URSS que seguir el sendero de la traición y la rendición--, y deja claro que la tripulación mostró un increíble coraje frente al grave peligro.

Inevitablemente tocada por el desastre del Kursk, K-19 es una película de guerra sin guerra, o al menos sin una guerra caliente. Como Marea roja o 13 días, utiliza como telón de fondo la amenaza de un holocausto nuclear para generar una tensión creciente. También como Marea roja, la película cumple los manidos requisitos dramáticos del género bélico y el subgénero submarino: soldados que escriben cartas de amor a sus amadas, planos del capitán en profunda reflexión, carreras por los pasadizos y sombras de motín. Secundada por un equipo de lujo --como el director de fotografía, Jeff Cronenweth (El club de la lucha)--, Bigelow cumple. Aunque la ocasional cámara ambulante pretende evocar el nerviosismo espacial de El submarino --también la recuerda la presencia de oficiales políticos a bordo, que no hacen nada más que liarla--, K-19 ni se acerca a las cotas artísticas de la obra magna de Wolfgang Petersen.

Horarios

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